No es un artículo para políticos sensibles.

Gianco Urías Abundis
Consultor político y de comunicación · Director de Relaciones Públicas en Zoom News
Estrategia · Asuntos Públicos · Comunicación

Pocas veces los políticos se preguntan por qué gana un candidato una elección. Menos aún se preguntan por qué la pierden.

Y esa es una de las razones por las que vuelven a perder.

Una elección puede estar perdida incluso antes del arranque formal de la campaña. No necesariamente por culpa del candidato o candidata, sino por decisiones tomadas desde los partidos: candidaturas mal elegidas, estructuras debilitadas, pactos internos y una profunda desconexión con la realidad de la gente.

En México, muchos partidos juegan a ser estrategas políticos. Para ahorrarse dinero en estudios serios, encuestas confiables, grupos de enfoque o análisis territorial, deciden candidaturas con base en lealtades, amistades y acuerdos de poder.

No postulan al perfil más competitivo. Postulan al más conveniente para quienes mandan dentro del partido.

Ahí aparece el compadre, la comadre, el hermano, la esposa, el esposo, el novio, el amigo de años o algún integrante de los grupos de poder que promete obediencia absoluta. No importa si conecta con la ciudadanía, si conoce el territorio, si tiene credibilidad o si puede defender una propuesta. Lo importante es que sea controlable.

Después se sorprenden de perder.

Se pierde una campaña cuando se confunde popularidad en redes sociales con aceptación electoral. Cuando se cree que una foto con gente, un evento lleno o una encuesta pagada sustituyen el trabajo de calle. Cuando se diseña una campaña desde una oficina con aire acondicionado y no desde las colonias, comunidades y barrios.

También se pierde cuando el candidato no escucha. Cuando llega con discursos prefabricados, respuestas ensayadas y promesas que nadie pidió. La gente detecta rápido cuando alguien quiere representarla sin conocer sus problemas.

Se pierde cuando el equipo se convierte en una competencia de egos. Cuando todos quieren opinar, nadie decide y el candidato termina rodeado de personas que le dicen lo que quiere escuchar, no lo que necesita saber.

Y se pierde, sobre todo, cuando se subestima al electorado.

Los ciudadanos no siempre votan por el candidato perfecto, pero sí castigan la soberbia, la improvisación, la mentira y el desprecio. Hoy una campaña no se gana solo con dinero, espectaculares o estructuras; se gana con credibilidad, cercanía, organización y una narrativa que tenga sentido para la vida cotidiana de las personas.

Perder una elección no siempre es mala suerte. Muchas veces es el resultado lógico de haber tomado malas decisiones desde el principio.

La pregunta no debería ser: “¿Qué salió mal en la campaña?”. La pregunta real es: “¿A quién se le ocurrió que este candidato era la mejor opción?”