Ciudad de México — Datos recientes del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) muestran que 47.6% de los jóvenes entre 15 y 29 años, es decir, casi la mitad de la Generación Z, no participa en el mercado laboral. Del total de 14.5 millones en esta situación, 63.4% son mujeres, lo que evidencia una brecha de género significativa.
La tasa de desocupación —es decir, de quienes buscan empleo activamente— también es más alta entre los jóvenes: alcanza el 4.8% en el rango de 15 a 29 años, frente al 2.5% en la población general de 15 años en adelante.
Académicos consultados por medios señalan que este fenómeno no solo es un problema estadístico, sino social: la Generación Z enfrenta “necesidades en términos de justicia e integración social”, argumentando que el desempleo entre jóvenes debe entenderse como un síntoma estructural.
Por si fuera poco, la falta de oportunidades laborales se agrava por condiciones de vida precarias: cerca de 9.8 millones de jóvenes (12 a 29 años) viven en viviendas con rezago, según datos de la Comisión Nacional de Vivienda (Conavi).
Este panorama plantea un reto urgente para las políticas públicas: no solo se trata de crear empleos para los jóvenes, sino de diseñar estrategias de inclusión laboral que tomen en cuenta género, vivienda y educación para evitar que una generación entera quede marginada.
Es alarmante que casi la mitad de la Generación Z no tenga vínculo con el mercado laboral. Estas cifras muestran que no estamos enfrentando solo un problema de empleo, sino una crisis estructural: jóvenes sin trabajo, mayor vulnerabilidad para las mujeres y condiciones de vida precarias. Si no se crean políticas integrales y con perspectiva de género, este descontento no solo se traducirá en cifras, sino en una generación frustrada y excluida.



































