Ali Jamenei fue el Líder Supremo de Irán desde 1989 hasta su muerte en febrero de 2026, convirtiéndose en una de las figuras más poderosas y relevantes en la política del Medio Oriente durante casi cuatro décadas. 

Nacido en 1939 en Mashhad, Jamenei provenía de una familia clerical y se formó como clérigo chiita en importantes centros religiosos como Qom. Se destacó desde joven en la oposición al régimen del sha Mohammad Reza Pahlavi, lo que lo llevó a involucrarse en la Revolución Islámica de 1979 junto a Ruhollah Jomeini, el principal líder de ese movimiento. 

Después de la revolución, Jamenei ocupó cargos políticos importantes y fue elegido presidente de Irán de 1981 a 1989, un periodo marcado por la guerra con Irak y la consolidación del nuevo sistema político del país. 

En 1989, tras la muerte de Jomeini, la Asamblea de Expertos eligió a Jamenei como Líder Supremo, otorgándole la máxima autoridad en el país. Este cargo no solo lo convirtió en cabeza del Estado, sino también en la figura con más poder sobre las decisiones políticas, militares y religiosas del país. 

Como Líder Supremo, Jamenei supervisó y controló las principales instituciones del país:

  • Las fuerzas armadas y el poderoso Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC).
  • La política exterior y las relaciones con potencias como Estados Unidos e Israel.
  • La estructura judicial y los medios de comunicación estatales. 

Durante su mandato, Irán se consolidó como un actor clave en el conflicto regional, apoyando a grupos aliados en países como Líbano, Siria, Irak y Yemen, lo que amplió la influencia iraní pero también intensificó las tensiones con Occidente. 

La figura de Jamenei fue controversial: para sus seguidores representó la continuidad de la teocracia y la soberanía islámica, mientras que para críticos fue símbolo de autoritarismo, represión de disidencia interna y confrontación con potencias globales. 

Con su muerte en 2026, confirmada tras ataques militares de Estados Unidos e Israel, se cierra un capítulo de más de 35 años de dominio absoluto sobre la política iraní, abriendo un periodo de interrogantes sobre la sucesión y el futuro político del país.